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MOVIMIENTOS ESTUDIANTILES
OLLA A PRESIÓN
La juventud a lo largo de todas las épocas ha tenido cierto protagonismo en la historia, ya sea desde el punto de vista político, social o hasta en la moda. Sabemos de los rebeldes sin causa de los ’50, de los que estuvieron bajo el efecto del polen en los ’70, de los que estaban kontra todo en los ’80 y de los cansados y depresivos de los ’90. Cada generación con su ícono respectivo, obvio: James Dean, John Lennon, Los Sex Pistols, Kurt Cobain.
Y ahora en pleno siglo XXI resulta que nos quedamos sin referentes… Pero, por lo menos en Chile; en el espacio urbano, símbolo capitalista de expansión y desarrollo, surge un cambio que no se veía desde los ’70. Son los estudiantes secundarios que aportan una nueva visión del escenario urbano y se convirtieron en la resistencia actual.
Después de dos semanas de manifestaciones y cuatro días en paro, los escolares nos dieron el ejemplo que faltaba. Dejaron de ser simples observadores lejanos y se convirtieron en protagonistas. Dejaron en claro además, que se dan cuenta de lo que sucede a su alrededor y que no les gusta.
Desde su mundo más cercano, las salas de clases, advirtieron que el sistema eduacional es deficiente y que cuando se habla de participación política no sólo se refiere a votar, también se trata de opinar y dar a conocer esa opinión.
Creen en ciertas ideas y estilos de acción que quieren ver reflejados en la arena pública y además desean ser tomados en cuenta como lo demostraron primero al organizarse y coordinarse a nivel nacional eficientemente; al poner en la agenda temas puntuales que desean tratar (PSU, Pase Escolar, LOCE, Pasaje Escolar y Alimentación); al exigir la presencia del Ministro de Educación en las reuniones pauteadas y al continuar con las movilizaciones hasta conseguir una respuesta adecuada a sus intereses.
Si el gran desafío de los jóvenes de esta época individualista era cómo armar un proyecto colectivo de cambio social a los que puedan adherir como lo fue en su momento la recuperación de la democracia en Chile, se puede decir que ahora lo lograron y además generaron conciencia social de sus demandas.
Asumieron una postura de acción y no están solos, a ellos se sumaron los profesores, los apoderados, los universitarios y en fin, a través de los medios de comunicación, han creado conciencia del cambio que se vive en todo sentido.
Es el futuro de Chile el que se está viendo en las calles, manifestándose, llamando la atención, demandando. Son ellos, jóvenes de no más de 18 años los que están haciendo hervir esta olla a presión que en algún momento podría hervir. Quien sabe si otros sectores del país como los camioneros, los cesantes, los gremios o cualquiera, después de ver la manera cómo los estudiantes tienen de cabeza a las autoridades no toman alas?
El secreto está emergiendo, los jóvenes ya lo comprendieron: se dieron cuenta de que en ellos está el poder realizar el cambio cultural que quieren y que solo se necesita la capacidad de observar y darse cuenta de que algo está sucediendo, analizar esta realidad y ver qué es lo que traerá como consecuencia.
EL CÓDIGO DA VINCI
RON HOWARD
Está dicho. La película fue más polémica antes de su estreno y claro, no es para menos ya que la publicidad y el marketing fueron precisos el contexto en que se presenta.
En pleno apogeo del siglo XXI y la prensa inmiscuida en escándalos eclesiásticos dan pie a formar opiniones vacías y a crear cierta expectativa frente al prometedor filme basado en uno de los libros de Dan Brown, caracterizado ya, por sus puestas en escena literaria de teorías y descubrimientos históricos condimentados con novela.
Sin embargo, una vez vista y una semana después de su aclamado estreno mundial, lo cierto es que, los comentarios y las críticas le han llovido sobremojado al elenco, a la dirección y a la producción.
El filme relata la travesía de Robert Langdon encarnado por Tom Hanks, quien repentinamente se ve involucrado en el asesinato de Jack Sauniere, conservador del Museo de Louvre y supuesto integrante del Priorirato de Sion, guardianes del secreto que haría estremecer a la Iglesia Católica y a sus autoridades. En ese ambiente, junto a Sophie Neveu que convierte a la actriz francesa Audrey Tautou en criptógrafa nieta de Sauniere, deberán resolver un sinnúmero de pistas y enigmas que su abuelo deja a la hora de su muerte, lo que además de poner en riesgo sus vidas los llevará a entremezclarse con los símbolos y códigos que Leonardo Da Vinci, también miembro el Priorirato, deja en sus obras.
Desde un comienzo “El Código Da Vinci” no se ajusta totalmente a la novela del mismo nombre. Si bien es cierto; las quinientas hojas de lectura eran difíciles de adaptar en poco menos de dos horas de película, los cambios del guión parecen injustificados para quien, cautivado por Dan Brown acude a ver acción y misterios en la pantalla grande. Sobre todo, a sabiendas de que a pesar de que el texto es generoso en explicaciones, teorías e historia, los recursos cinematográficos ofrecidos por Ron Howard parecen acertados e interesantes. De esta manera, los flash back utilizados ayudan a entender el pasado de los protagonistas y las imágenes que recrean la historia de guerras, cruzadas, concilios y demáses cuando los personajes reflexionan acerca de ella, hacen que el espectador no se aburra de diálogos largos, que de no ser expuestos así harían perder el hilo de la trama.
La banda sonora de la película a cargo de Hans Zimmer aporta emoción y suspenso a la cinta.
Las actuaciones son lo suficientemente buenas, aunque el guión de Akiva Goldsman no les alcanza a dar razón para exponer emociones mejor descritas en la novela; especialmente la de Paul Bettany que encarna a Silas, el fiel albino regenerado en el ala más extremista del Opus Dai. Lo mismo se puede decir de Jean Reno, que le da vida a Bézu Fache, policía francés que en pro de la persecución de Langdon y Neveu, lidia entre su moral religiosa y su propio ego.
Después de leer el libro y luego de ver la película, se puede decir que esta última es una apuesta a ganador, que con una gran publicidad de por medio, deja bien en claro que “se ve lo que se quiere ver”. Por eso mismo, tanto los que van al cine a desentrañar misterios desconocidos y a encontrar bases para teorías intrincadas como quienes van a escupir un poco de su escepticismo religioso se sentirán conformes. No felices, pero conformes al final
“LA NARANJA MECÁNICA”
Stanley Kubrick
Durante la década de los ’70 se suscitaron muchos cambios en la sociedad. La vida hippie pronto se convertiría en la moda y la inclinación por las drogas comenzaría a surtir efecto.
“La Naranja Mecánica”, película del norteamericano Stanley Kubrick, relata la historia de Alex, un fanático de Beethoven, y de sus amigos, una banda de adolescentes ingleses influenciados por lo que el director presume será la sociedad del futuro, no muy alejada de lo que hoy en día podemos ver, por cierto.
Las actuaciones de Malcom Mc Dowell, Patrick Magee, Adrienne Corry y Miriam Karlin subrayan el tema central de la película basada en la novela de Anthony Burgess.
Cada noche estos jóvenes salen para buscar víctimas por el simple placer de disfrutar de la violencia y de saciar su apetito sexual violando mujeres. Sin embargo, debido al problema del liderazgo ejercido por Alex, el protagonista, es traicionado y pronto llega a una prisión de alta seguridad donde tiene que pasar un largo tiempo. A raíz de los juegos políticos, se presenta la oportunidad de acortar su condena si es que se ofrece como voluntario para una llamada “terapia de aversión”, con la que se asegura que después de dos semanas la maldad ya no existirá dentro de su ser.
Después de eso, recuperado se inserta a la sociedad y todo parece bien, salvo por lo que a todos se les olvidó, el factor que determinará la suerte del protagonista: la venganza de sus antiguas víctimas.
Cuando la película fue estrenada, en 1971, fue duramente criticada y en algunos casos, como en Inglaterra, fue prohibida.
Escenas de sexo y la pasión por la violencia incomodaron a las personas de la época. Parecía una realidad demasiado fuerte para ser verdad. Sin embargo, ahora, inmersos en el siglo XXI y a pesar de lo difícil que puede ser contextualizar una película que fue hecha en la década de los ’70, pero ambientada en los ’90 o 2000, es preciso subrayar la fuerte carga de emociones e impresiones que deja el filme.
Stanley Kubrick, como Aristóteles descubrió cuáles son los deseos que afectan a todos los hombres: la sed, el hambre y el sexo. Y es claro que estos deseos son parte de una forma de vida, o más bien proponen una clase de vida y una forma de existencia.
La película plasma este pensamiento, lo hace manifiesto y parece ser una exageración de los que actualmente vivimos: una sociedad postmoderna que vanaliza la dependencia y en la que muchas tribus urbanas cohabitan con las toxicomanías. En 1971 esto era motivo de alarma, ahora se naturalizó. Por eso, no es casualidad que películas como Pulp Fiction y Trainspottin se agreguen al éxito que tiene el abordar temas como los que se recogen en “La Naranja Mecánica”